Hay muy pocas cosas que expresen con tanto rigor lo que tienen de arcaico las dictaduras políticas, como el hecho de que fomentan la lucha contra el Estado. Poco a poco las envuelve el odio de los ciudadanos, pues según penetra la idea y la práctica de la violencia social, las dictaduras tienen que asumir la defensa de toda la sociedad desde el Estado y se convierten en nuevos fascismos con muy poco porvenir por la difuminación cada vez mayor del antiguo Estado nacional. Según el Estado nacional se empequeñece, la violencia social aumenta porque la voluntad subjetiva encuentra nuevas resistencias. El Estado tradicional no sólo era un centro de referencia para las violencias, también las organizaba y canalizaba a través del ejército e incluso de los partidos políticos. Pero el ciudadano común se ha dado cuenta de que la violencia se convierte en juego cada vez más y que su necesidad de ser violento no encuentra una práctica real.
(…) La estética de la violencia social aún es pobre porque aún es pobre la conciencia, la necesidad de lo violento. Cuando el burgués emprendedor y creador se dé cuenta, comenzará a vender violencia social en cuadros y buenas novelas, como ya la vende en las películas. Al pacifismo desorientado de los cuadros de ruina sucederá la visión, real o irreal, de la violencia social y comenzará un arte plastico más de acuerdo con las condiciones objetivas y subjetivas del europeo actual. Se iniciará la liberación de las contradicciones culturales especialmente vividas en Suecia, donde la necesidad de lo violento se produce en un mundo de objetos y de relaciones de convivencia que niegan la urgencia de destruirse. No tiene sentido construir una cultura que la contradiga; tiene más sentido una cultura que la satisfaga y oriente.
Enrique Tierno Galván,
«La violencia» en El miedo a la razón (1986)
